Esos sujetos se concretaron en mi cabeza con algunas lecturas que hice en el CBC que cursaba para entrar a la carrera de Antropología social. Sobre todo Foucault y Althusser ("El individuo es siempre ya sujeto aún antes de haber nacido"). Sujeto a un niño, sujeto a una boda, sujeto a la adolescencia. Comenzaba a hablar por primera vez de la violencia simbólica, de la sujeción cultural, del patriarcado.
Eran, por cierto, feos. Y causaban aún más asco en los espectadores. "Gracias por mostrarme el lado triste de la vida y deprimirme", escribe una persona que firma primero "Anónimo" y luego tacha y se anima a un Jennifer en el Centro Cultural Municipal de Hurlingham.
De a poco comencé a limpiar un poco esa imagen de estudiante de arte. La fase intermedia, poco lograda, fue "Cuerpos religiosos". Allí cubrí fotografías de cuerpos desnudos con mallas de siliconas. Entre las mallas quedaba atrapado un juguete que, según el sexo de la figura, iban de la muñeca al revólver. La religiosidad remitía a la conducta social que las personas naturalizan. La cuestión de género como ideología política que se asume con "religiosidad".
Izquierda: "Sujeta a un niño", acrílico, carbón sintético y
radiografías sobre chapadur. 50 x 70 cm. 2002
Derecha: De la serie "Cuerpos religiosos", fotografían en caja, siliconas y juguetes. 20 x 30 cm aprox. 2008
Un par de años después, realicé un malla inmensa y me fotografié con ella cubriéndome el rostro y el cuerpo. Era la violencia simbólica en forma de tela de araña asfixiando al sujeto.
Ensayos de la serie que luego titulé "Sobre mí". 2010
Cuando expuse los "Cuerpos religiosos" por primera vez, estaba embarazada de 8 meses. El 13 de septiembre nació Camila. Y comenzó otro motivo, una de las cuestiones del patriarcado: la maternidad, fue algo que me costó comprender. Eso no significa que lo entienda ahora. Durante todo el 2009, no pude producir obra. Nada. Apenas conseguí unos bollitos de alambre que hacía y deshacía y que luego me hicieron sentir que me había embargado la imposibilidad. Esos rollitos, apretados o hechos marañas, eran parecidos a mi imposibilidad de producir, de decir, de comunicarme. Eran como cuando uno habla: discursos cerrados, complejos o simples, no importa, pero que finalmente no llegan a comprenderse del todo. O nada. Así me sentía. ¡Quién iba a entender en un sistema patriarcal que una mujer detesta la maternidad!

Fragmento de "Las cosas del decir", e "Interferencia",
performance en Umbral, para La Noche de los Museos. 2010
Foto izquierda: E. Giacobbe.